Ruta por el Ostsee: parte 2

Después de relajarnos en la playa como os conté en Ruta por el Ostsee: parte 1, seguimos nuestro camino hasta Barth situado a 20 Km de Prerow, aquí solo puedo decir una cosa: ¡en que momento se nos ocurrió ir allí!. Todo empezó con la entrada al pueblo, el GPS nos mandaba por una carretera y al llegar estaba cortada por obras y no tenía salida, a partir de ahí todo fue un desastre. Intentamos ir por otra calle pero tampoco tenía salida, nos metimos por un camino que tampoco, un callejón, de nuevo una calle y al final otro camino que daba a dos calles, y ¿adivinad que? ¡No tenían salida ninguna de las dos!

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Decidimos volver a la carretera principal y entrar por otra de las calles y por fin empezamos a ver algo del pueblo, aunque la sorpresa no acababa aquí. Aparcamos el coche y comenzamos a caminar, y seguimos y seguimos y a pesar de llevar 10 minutos andando y llegar a la plaza, no nos encontramos con absolutamente nadie. Todas las tiendas cerradas, todas las ventanas y puertas de las casas sin vida, ni una luz, ni una voz, todo completamente vacío. Es una sensación bastante rara, llegar a un lugar de visita y no encontrarte con nada ¿Sería una maqueta en vez de un pueblo? ¿O un decorado de alguna película? Daba miedo el silencio que había, como te miraba el gato negro que se cruzaba en tu camino o el susto al escuchar el vuelo de un pájaro.

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Obviamente no encontramos ningún sitio en el que poder comer, pero por suerte había un supermercado de camino a la casa y pudimos comprar algo de cena.

La siguiente aventura es aún más interesante, al alquilar la casa ya sabíamos que estaba en el campo, pero mientras hacíamos la compra nos llegó un mensaje del dueño dándonos las instrucciones para encontrarla. Aquí van: cuando lleguéis al camino de tierra pasando el puente tenéis que encontrar los 9 árboles que hay a la izquierda y en ese momento girar hasta llegar a un patio en el que podéis dejar el coche. Yo no estoy en casa pero la puerta está abierta y mis vecinos pendientes.

¡Wow! Nos faltaba la brújula para ubicarnos por coordenadas, porque en el momento en el que llegamos al puente y vimos el vaho que salía del río mezclándose con las granjas de ladrillo rojo y el atardecer ya sabíamos que iba a ser un lugar especial.

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Encontramos el camino de tierra, pero los 9 árboles no estaban por ningún lado, llegamos al final del camino y nos encontramos con una caravana de circo (se nos vino el mundo encima al pensar que dormiríamos allí), nos paramos, pensamos y volvimos al camino, miramos bien, buscamos y al final entramos por el camino correcto.

El lugar tenía su encanto por la noche, se podían  ver todas y cada una de las estrellas, podías respirar aire fresco, tranquilidad, paz, campo, nostalgia y por el día ya terminó de enamorarnos.

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Es bonito levantarte con el canto del primer gallo, del segundo y del tercero, amanecer, abrir la puerta y ver todo lo que la noche ocultaba: campos verdes, tractores trabajando, gallos y gallinas correteando por el jardín, conejos y conejitos, gansos y pollitos, alguna que otra oveja y mucha naturaleza.

La idea de entrar en el gallinero a coger huevos para desayunar no dio sus frutos, por lo que nos tuvimos que conformar con unas galletas disfrutando del momento que la vida nos ofrecía.

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Era hora de ponerse en marcha para la última etapa del viaje: Sellin a 78 km de Barth. Desde la aldea en la que estábamos la única manera de llegar hasta la “isla” era a través de caminos de bosques y carreteras recorriendo pequeños pueblos escondidos de Alemania.

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Cuando llegamos y antes de bajar a la playa paramos a comer en el Blockhaus Gückswinkel, que por ser el más cercano pensábamos que iba a ser el más caro, pero nos sorprendió bastante. Buena comida a buen precio, nos pedimos Hering mit bratkartoffeln y Backfisch mit backkartoffel, nos costó 8,50€ cada uno. Hay que tener en cuenta que la mayoría de  los restaurantes cierran de 16:00 a 17:00.

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A medida que avanzábamos se notaba el ambiente que había, como iba y venía la gente de un lado hacia otro, como todas las casas coloniales se habían convertido en hoteles (pero siempre manteniendo su estética). Cuando llegamos a las escaleras de la playa y lo vimos: Ese imponente mirador del 1901 presidiendo la playa, presidiendo el mar, las montañas y todo lo que estaba a su alrededor.

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Cruzar sus tablas demolidas una y otra vez por el paso del tiempo, mirar a través de sus cristales e imaginarte las historias de los que lo vieron y pisaron por primera vez. Tener el mundo a tus pies y el infinito en el horizonte.

Me llamó la atención una plataforma al final del mirador, en la que puedes entrar (cuesta 8€) y se introduce un poco bajo el nivel del mar (digo un poco porque desde arriba no parecía que estuviese a mucha profundidad). También hay barcos que hacen una ruta y te llevan a visitar Königsstuhl un parque nacional al que nosotros no fuimos porque habíamos escuchado en la radio que había retenciones y no nos iba a dar tiempo.

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Queríamos disfrutar de la playa, tomar el sol, comer en la arena, andar, correr y bañarnos (en aguas congeladas), hasta que se nos ocurrió la genial idea de escalar la montaña que estaba junto a la playa.

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Parece fácil escalar una montaña sin piedras ¿no? Pues no, no lo es. La montaña era de arena, imagínate cada paso que das en la arena que siempre cuesta el doble, pues eso pero inclinado. Los pies se hunden, las fuerzas fallan y cada vez es más complicado, pero ¿sabéis que os digo? Que merece la pena, merece la pena las vistas desde arriba, merece la pena ver el mar ante ti, merece la pena descansar después de un largo viaje y merece muchísimo más la pena tirarse como si fuese un tobogán para bajar. ¡Por qué es arena! ¡Por qué no duele resbalarse! ¡Por qué somos como niños! Y porque mola que la gente te mire y diga…¡mira que dos! Cuando en el fondo están deseando hacer lo mismo.

Y en este maravilloso punto del planeta termina nuestra aventura.

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Si aún no has leído el Ruta por el Ostsee: parte 1 este es tú momento.

Aquí te dejamos un mapa con toda la ruta por si te animas a hacerla y quieres contarnos tu experiencia.

Escrito por Ara Ballesteros

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